Pasado y futuro, tradición y vanguardia, raíces e innovación, conviven armoniosamente bajo un mismo denominador común en la cocina: “la excelencia y el alma que se esconde detrás de cada receta bien elaborada”.
Es un despertar sensorial donde el entorno, los fogones, la nobleza de la madera, acompañan a la exquisitez de cada plato diseñado en el “laboratorio”.
Hace unos días, tuve el placer de ser invitada a visitar el restaurante de Ramón Freixa, situado en pleno corazón del barrio de Salamanca. Siempre resulta enriquecedor asistir a este tipo de encuentros, no solo por la oportunidad de compartir experiencias profesionales e incluso personales en un ambiente relajado y cercano, sino también porque nos permiten descubrir espacios que, en un futuro, pueden convertirse en excelentes alternativas para nuestras necesidades laborales. Quienes trabajamos con agendas complejas y debemos organizar eventos en un tiempo récord, conocer de primera mano lugares versátiles y de calidad supone un valor añadido incalculable.
En esta ocasión nos recibió Laura Torrecilla, quien nos acompañó con gran amabilidad durante todo el recorrido, mostrándonos los distintos espacios que conforman el universo gastronómico de Ramón Freixa. El restaurante se articula en torno a dos conceptos complementarios: Ramón Freixa Tradición y El Atelier o Salón Club. Pasado y futuro, tradición y vanguardia, raíces e innovación, conviven armoniosamente bajo un mismo denominador común en la cocina: “la excelencia y el alma que se esconde detrás de cada receta bien elaborada”. No es casualidad que este proyecto haya sido reconocido con dos estrellas Michelin y tres Soles Repsol.
Comenzamos la visita por Ramón Freixa Tradición, situado en la parte superior del restaurante. Al subir la escalera, nos sumergimos en una atmósfera elegante y evocadora donde cada detalle ha sido concebido con esmero. Se trata de un espacio único que, gracias a una cuidada distribución y a una decoración llena de personalidad, consigue transformarse en tres salones diferenciados. La combinación de materiales, iluminación y elementos decorativos crea un ambiente cálido y sofisticado que invita a disfrutar sin prisas e incita a “volver a la casa”.
Mención especial merece el Salón Privado Saura, un rincón exclusivo diseñado para acoger hasta ocho comensales que buscan la máxima discreción y privacidad. Situado en un nivel ligeramente elevado, al que se accede por tres escalones, está rodeado de delicadas cortinas decorativas y presidido por el emblemático cuadro de la mosca de Antonio Saura. La iluminación tenue y acogedora envuelve el espacio, otorgándole una identidad única y un carácter íntimo que lo convierte en un lugar verdaderamente especial y sobre todo, muy exclusivo.
Uno de los aspectos que más me sorprendió de este restaurante fue la amplitud de su horario, ininterrumpido, desde las 13:00 hasta las 00:30 horas, una propuesta poco habitual que rompe con las rigideces tradicionales de la restauración y aporta una enorme flexibilidad.
Casi sin darnos cuenta, descendimos al Salón Club, con capacidad para 36 comensales, desde donde se accede a El Atelier, probablemente uno de los espacios más sorprendentes del recorrido.
Desde la entrada ya se respira el ambiente de sofisticación, en el que se articula todo el espacio en torno a una única e impresionante mesa en forma de U, confeccionada en madera de raíz de nogal, para un máximo de 10 comensales por noche, ampliable a 12 en grupos privados, permitiendo una conexión directa con el chef en una atmósfera de teatralidad con las paredes y techos envueltos en penumbra y la luz dirigida a cada plato.
Se trata de una experiencia gastronómica, abierto de miércoles a sábado, en horario de cena, concebida para quienes desean ir más allá de una comida convencional y adentrarse en el proceso creativo de la cocina de autor. Es un despertar sensorial donde el entorno, los fogones, la nobleza de la madera, acompañan a la exquisitez de cada plato diseñado en el “laboratorio”
La jornada concluyó de la mejor manera posible: compartiendo impresiones y conversaciones con las compañeras asistentes. Sin duda alguna, una visita inspiradora que nos permitió descubrir un espacio excepcional y, al mismo tiempo, fortalecer esos vínculos humanos que hacen tan valiosos este tipo de encuentros.
Maribel Miguel





